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Federico Gaon

Por: Federico Gaon

La condena a la producción de imágenes del profeta musulmán alcanzó esta semana niveles espeluznantes con la masacre en la redacción de la revista francesa Charlie Hebdo. Análisis del origen de la iconoclasia islámica y el futuro de la política del “multiculturalismo”

El terrorismo volvió a tocar Paris, y esta vez, a diferencia de lo que algunos sostienen aún, el acontecimiento no estuvo ligado a Medio Oriente. Los terroristas que mataron a una decena de personas en la redacción del ácido semanario Charlie Hebdo, el último miércoles, no estaban allí para protestar contra las políticas galas en el Líbano, o para forzar al Gobierno a retirar sus contingentes militares de tierras musulmanas. Tampoco dispararon para que el mundo tome conciencia de los reclamos palestinos. Estos, algunos de los motivos tradicionales apelados por los terroristas para justificar la violencia en suelo europeo, esta vez no fueron invocados; y sin embargo nadie pareció sorprendido frente a lo sucedido cuando se supo que el ataque fue perpetrado por musulmanes.

El leitmotiv del ataque en teoría es simple. El islam por naturaleza no acepta que los Profetas, como Abraham, Jesús o Mahoma, sean representados mediante gráficos antropomórficos, mediante tallados o dibujos que los muestren en su contorno humano. Para empezar, vale señalar que esto explica porque algunos países musulmanes han prohibido las recientes películas de trama bíblica como Noé y Éxodo.

Por supuesto, existe una brecha importante entre una prohibición religiosa y su imposición mediante la fuerza. Pero en esta costumbre, darle una cara al último de los Profetas es el mayor insulto, y representa el pico de la indiferencia a las sensibilidades musulmanas. Si bien el islam, a diferencia del cristianismo, no considera a su fundador el hijo de Dios, sino que lo rememora como un mortal agraciado como el último mensajero del Señor, graficarlo antagoniza con todo aquello que su doctrina representa. La prohibición comenzó como una política para contrarrestar las habituales prácticas de idolatría contempladas en Arabia desde antaño. Tawhid, la “unicidad de Dios”, solamente será velada y respetada si se concede que todo pertenece al Creador, de modo que todo intento por diversificar la divinidad, atribuyéndosela a hombres, signa una desviación de la religión.

El hombre, sin importar su origen, cultura o destino, ha inevitablemente empleado figuras gráficas para dar testimonio de los fenómenos y acontecimientos que lo impactaron. Todas las culturas poseen un vínculo propio con lo místico y el más allá; y probablemente sea, que en su vulnerabilidad de mortal, el hombre siempre ha buscado venerar a sus antepasados y refugiarse en el manto de su protección. Esta trama, en efecto universal, no ha sido ajena a la experiencia islámica. Tanto los beduinos, los tuareg como la gente de Java, todos ellos pueblos absorbidos por el islam, siempre retuvieron algo de su legado preislámico. Desarrollaron ritos sincréticos entre las antiguas costumbres y los significantes islámicos incorporados. No en poca medida, como resultado de la difusión e integración cultural y religiosa, estas formas sincréticas terminaron ponderando el culto de los santos como algo natural sin mayores agravantes.

A veces estas prácticas tomaban objetos tangibles. Los beduinos, por ejemplo, nómades del desierto, acostumbraban a venerar árboles, y los árabes de la península rendían tributo a las tumbas de sus santones locales. Otras veces se le ascribía deidad a arquetipos intangibles. Así, en este caso, los beréberes homenajeaban la idea del guerrero eterno, y los persas la figura del líder sagrado, el imán.

El mundo islámico integra un crisol de culturas esparcidas a lo largo y ancho del planeta, y la religión provee un sostén macro que fue, es, y será interpretado con distinta intensidad de acuerdo a las circunstancias. En este sentido, la iconoclasia islámica, esto es, la práctica por la cual se destruyen los íconos de devoción, cualquiera que vicie la unicidad de Dios, es un fenómeno relativamente reciente que vino de la mano con el auge del fundamentalismo musulmán.

“Para el extremismo islámico, el estilo de vida occidental, material y carente de un comportamiento religioso obsesivo, representa todo aquello que funciona mal en este mundo”

Visto en perspectiva histórica, el movimiento wahabita que nació en Arabia durante el siglo XVII, y que perdura en nuestros días bajo las fórmulas de Al-Qaeda y el Estado Islámico (ISIS) entre otras, es el responsable por la sistemática destrucción de los resabios de prácticas sincréticas entre musulmanes. Este movimiento se caracteriza justamente por intentar sobreponer lo religioso, el mensaje universal, por sobre lo cultural, lo local y lo profano. En los hechos, no se trata tanto de una corriente de purificación religiosa como sí de una purga religiosa. También comúnmente llamados salafiyyoon o salafistas, por su prédica de retornar al estilo de vida original en el cual vivían los “ancentros” (salaf) contemporáneos a Mahoma, los wahabitas llevan guerreando hace casi tres siglos: no solamente contra los infieles, sino principalmente contra los musulmanes que, según ellos, no son lo suficientemente estrictos en su observancia.

Los wahabitas originarios primero libraron una guerra santa contra todos aquellos objetos de culto y sabiduría enajenados de la senda coránica por ellos enaltecida. Aldeas enteras recibieron la espada y perecieron en las llamas de la limpieza religiosa por ser vistas como centros de herejía. Sus aldeanos, hombres, mujeres y niños, fueron masacrados por apegarse a costumbres locales, que en vista de estos inquisidores, eran anatema a la vivencia islámica verdadera. En el siglo XX, los elementos más ortodoxos del wahabismo que no desistieron en rigor pese al triunfo de la Modernidad, decretaron una sucesiva guerra contra la llegada de la televisión y la radio en Arabia, contra los estatutos seculares, contra las ruinas antiguas preislámicas y contra todo objeto y práctica que acapare atención indeseada fuera de Dios.

En este aspecto, lo que algunas personalidades no logran comprender, es que la guerra contra la banalización de la religión, materia en la cual Charlie Hebdo expendía autoridad, esconde una guerra contra todo tipo de libertad de expresión. La guerra fue decretada mucho antes de que Estados Unidos se convirtiera en potencia, y ciertamente mucho antes que Israel fuese creado.

Debemos comprender que para el extremismo islámico, el estilo de vida occidental, material y carente de un comportamiento religioso obsesivo, representa todo aquello que funciona mal en este mundo, independientemente de lo que suceda o deje de suceder en Medio Oriente. Su enemigo es la cultura misma, pretendiendo, con cierto grado de éxito, desposeer a las colectividades musulmanas de sus respectivos rasgos culturales autóctonos, para que estas se unifiquen en torno al islam como único rasgo identitario supremo. Según esta mirada, las formas de lealtad y solidaridad locales o nacionales son vistas como los equivalentes contemporáneos de la idolatría preislámica.

Cuando los europeos afirman que el “multiculturalismo ha fallado“, lo que quieren decir en realidad es que los musulmanes europeos no se ha integrado al modo de vida occidental. Ningún cristiano o judío se ha convertido en terrorista porque un caricaturista osó poner en ridículo su creencia. Sin importar las campañas de integración y los beneficios extendidos del sistema de bienestar, en general ha prevalecido un sentimiento de desarraigo entre gran parte de los jóvenes musulmanes europeos, quienes no perciben a Francia, Alemania o Italia como su hogar. El fundamentalismo encuentra cabida entre estos sectores, cosechando mentes para en esencia instruir una cosmovisión asesina y antisistémica.

“La pretensión del multiculturalismo de convertirse en una suerte de ética de civismo universal ha sido un fracaso”

Dado que el islam no rinde culto a Mahoma, si un cristiano se refiere a un musulmán como “mahometano”, como si ambas palabras significaran lo mismo, está incurriendo en una ofensa. Irónicamente sin embargo, ataques como el perpetrado en París, muestran que los terroristas también cometen idolatría de acuerdo a sus propios términos, al clamar por sangre para resarcir al insultado Profeta. A falta de una imagen, el nombre de Mahoma genera en ellos tanta atracción y veneración como si se lo deificara.

Desde ya, la matanza en la redacción de Charlie Hebdo no es un fenómeno aislado sin precedente. Lo imperante es que las sociedades occidentales entiendan que la ola de ataques contra dibujantes, artistas y políticos críticos del islam no necesariamente responde al “choque de civilizaciones”, sino a “la deculturación de lo religioso” dentro de casa. En vista de esto, son los líderes musulmanes quienes deben enfrentarse al desafío de compatibilizar, y popularizar entre sus comunidades, la noción de que es posible ser (en este caso) francés y al mismo tiempo musulmán.

La distinción entre “religiosidad” y “mentalidad religiosa” que hacía Clifford Geertz, el destacado antropólogo norteamericano, debería resonar más clara que nunca. Mientras que la primera implica someter el comportamiento de uno a las convicciones religiosas, la segunda implica la admiración de la creencia antes que su práctica consistente. La “mentalidad religiosa”, propia en muchos islamistas, quienes pese a su radicalismo están poco versados en las fuentes islámicas, es el resultado de la ideologización de la religión en la coyuntura moderna. Aunque con la modernización de las sociedades fue consagrado el secularismo, paralelamente la rápida transformación de estas despertó pasiones y nexos de solidaridad inspirados en la visión universalista de la religión. El islam ofrece al desamparado contención, a lo que el radicalismo aporta un sentido agudo de propósito – que trasciende la rutina de la práctica religiosa de todos los días.

Las sociedades europeas no deberían resignar sus valores, su cultura, ni la observancia del espíritu crítico que fomenta el periodismo para apaciguar a sus propios ciudadanos de extracción musulmana. El día en que así lo hicieran sentenciarían su propio desfallecimiento. El multiculturalismo ha fracasado porque, en su pretensión de convertirse en una suerte de ética de civismo universal, ha chocado de frente con otra ideología universal, que tampoco es etnocéntrica, pero que sin embargo predica el exacto opuesto. Lo que los musulmanes europeos necesitan es un nuevo tipo de islam sincrético, adaptado, legitimado y consensuado para la vida en el siglo XXI.

De no lograr conciliarse con las sociedades que los han apadrinado, los europeos “nativos” seculares mirarán cada vez más a los musulmanes como una quinta columna, a la par que eventos como el de París se repetirán en otras capitales.

El autor es Licenciado en Relaciones Internacionales, consultor político y analista especializado en Medio Oriente. Su web es FedericoGaon.com

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