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Por  Jesús Gonzáles Fonseca
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Profesión  Ingeniero Informático  Ubicación  AvilésAsturiasEspaña  En Blogger desde junio de 2009
“Los hombres se equivocan si se creen libres; su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan” Baruch Spinoza
 
Nos gusta creer que todos los adultos tenemos la misma capacidad a la hora de tomar decisiones adecuadas y que las que tomamos son totalmente libres. Una idea benévola, sin duda, pero también errónea. Si preferimos creer que las personas toman decisiones totalmente libres respecto a su conducta deberíamos animarnos a examinar más atentamente nuestros puntos de vista. Y es que ya lo decía claramente nuestro gran filósofo José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo“.
Si hubiésemos nacido en cualquier otra época, o en cualquier otro país, o en cualquier otra familia, hoy seríamos una persona bastante diferente de la que somos en realidad. Elementos fundamentales que nos definen, y que nos permiten ser lo que somos, no son fruto de una decisión personal, debido a que son elementos que no controlamos. De ahí que podamos afirmar que lo que somos, no es fruto de una decisión plenamente libre. ¿Quién puede asegurar que sería el mismo tipo de persona si hubiese nacido en un barrio desfavorecido y crecido en un entorno desestructurado donde la falta de oportunidades fuese la nota habitual?, ¿y si hubiese pasado la infancia en un lugar de acogida sin sentir el cariño de la familia y de sus padres?.

Cualquier profesor puede confirmar que sus peores alumnos siempre suelen ser aquellos que proceden de familias desestructuradas y que provienen de entornos poco propicios. Obviamente existen casos excepcionales, dignos de admiración, de personas que habiendo crecido en barrios marginales han sido capaces de progresar socialmente, pero se trata de ejemplos aislados poco representativos.

Estos razonamientos nos llevan a plantearnos las siguientes preguntas, ¿nuestras elecciones son realmente libres?, ¿dependen del individuo exclusivamente?. Dado que en un barrio marginal hay mayor delincuencia que en un barrio acomodado, ¿si tomásemos a chicos de barrios acomodados (estadísticamente con mucha menos delincuencia) y los educásemos en familias de barrios marginales sacarían buenas notas y no delinquirían (y viceversa)?. ¿Qué diferencias reales hay entre unos y otros?. ¿Hasta que punto el hombre tiene influencia en su propia vida y en lo que es?. ¿Somos tan libres como creemos o es una percepción ingenua?

La conducta humana no puede separarse de la biología
La neurociencia está empezando a tocar estas cuestiones que antes eran del dominio exclusivo de filósofos y psicólogos. Cuestiones sobre cómo la gente toma decisiones y el grado en el que dichas decisiones son verdaderamente «libres».
 
Partamos de la base de que los cerebros de las personas son sumamente diferentes. Un ejemplo: si eres portador de un determinado conjunto de genes, la probabilidad de cometer un crimen es cuatro veces superior a la que tendrías de carecer de estos genes. Es tres veces más probable que cometas robo, cinco veces más que cometas delitos de agresión, ocho veces más de ser detenido por asesinato, y trece veces más de ser arrestado por ataque sexual. La abrumadora mayoría de los presos portan estos genes; el 98% de los internos condenados a muerte también. Incluso se han detectado diferencias cerebrales entre los delincuentes más peligrosos y otros menos violentos. En concreto, los más violentos presentan menor conexión entre la denominada corteza prefrontal ventromedial (relacionada con la empatía y la culpa) y la amígdala (asociada al miedo y la ansiedad).

Sabemos que elevar los niveles de testosterona de alguien le hace más propenso a interpretar una cara emocionalmente ambigua como amenazante. Tener una mutación en un gen particular incrementa las probabilidades de que la mujer sea sexualmente desinhibida en la mediana edad. Pasar la vida fetal en un entorno prenatal particularmente estresante incrementa la probabilidad de comer en exceso de adultos. Desactivar temporalmente una región de la corteza prefrontal en una persona hace que actúe con más sangre fría y utilitaria cuando toma decisiones en un juego económico. Ser un familiar de primer grado, psiquiátricamente sano, de un esquizofrénico, aumenta las probabilidades de creer en cosas “metamágicas” como OVNIs, la percepción extrasensorial, o las interpretaciones literales de la Biblia. Tener una variante normal del gen del receptor de vasopresina hace que un tipo tenga relaciones románticas estables. Las diferentes versiones de un subtipo de receptor de dopamina influyen en la tendencia de una persona a tomar riesgos y buscar sensaciones. La lista sigue y sigue…

Estas estadísticas indican por sí mismas que no podemos presumir que cualquiera viene igualmente equipado en términos de impulsos y conductas. Y esto proporciona una lección mayor de biología: nosotros no somos los que manejamos con total autonomía el barco de nuestra conducta, al menos, mucho menos de lo que pensamos.
 
La influencia del entorno en el que crecemos
 
Los genes son parte de la historia, pero no son toda la historia. Estamos igualmente muy influenciados por el entorno en el que crecemos. El abuso de sustancias (como el tabaco o el alcohol) por parte de la madre durante el embarazo, el estrés maternal y el bajo peso al nacer pueden influir en cómo ese bebé se convierte en adulto. Mientras un niño crece, el abandono o el maltrato físico  pueden impedir el desarrollo mental, igual que el entorno físico. Así por ejemplo, el gran movimiento de la salud pública para eliminar la pintura a base de plomo surgió de saber que la ingesta de plomo podía causar daños cerebrales, haciendo a los niños menos inteligentes y, en algunos casos, más impulsivos y agresivos.
 
Las personas que sufrieron malos tratos en su infancia tienen más probabilidades de presentar anomalías en los sistemas biológicos sensibles al estrés psicológico tanto en la infancia como en la edad adulta y presentan peor respuesta ante tratamientos farmacológicos y psicológicos utilizados habitualmente para la depresión.
 
Igual de traumáticas pueden ser las consecuencias de una crianza carente de cariño en el entorno familiar. Sabemos que los niños con poco afecto o sin afecto de sus padres contraen más infecciones, pero eso no es todo… Entre los años 30 y 50 del siglo pasado existían gran cantidad de orfanatos y hospitales repartidos por todo el mundo dedicados al cuidado de bebés y niños pequeños. La Segunda Guerra Mundial agravó aún más la situación y muchas de estas instituciones terminaban abarrotadas de bebés que no podían ser atendidos en condiciones. Cuando el psicólogo René Spitz estudió qué ocurría con los bebés en las instituciones en las que eran acogidos, descubrió que tenían los cuidados básicos necesarios: higiene, alimento o atención médica. Sin embargo, la mayoría de ellos no tenían algo que sí tenían los niños al cuidado de sus madres: abrazos, besos, y carantoñas… En definitiva, les faltaba el contacto materno. Las enfermeras y cuidadoras encargadas de los bebés no tenían tiempo para estos menesteres en unos orfanatos abarrotados de ellos. Como resultado los bebés vivían prácticamente en soledad, confinados en sus pequeñas cunas.

 

Las consecuencias de la ausencia del contacto materno resultaron inimaginables. Bebés (con menos de 18 meses) aparentemente sanos terminaban muriendo antes de llegar a los dos años de edad. La ausencia de caricias, abrazos, besos y el roce piel con piel había terminado matándolos. La mayoría de bebés que lograban sobrevivir más de dos años y medio quedaban traumatizados de por vida: tenían un retraso mental considerable, trastornos motores, retraso en su crecimiento e incapacidad para establecer relaciones sociales. Cuando los bebés se resignaban a la realidad de una vida sin contacto materno adoptaban un comportamiento autista: replegados sobre sí mismos y rechazando cualquier intento de contacto hacia ellos.
 
Desarrollo cultural y educativo

Si el entorno afectivo en que crecemos es importante, no es menos relevante la influencia de ese entorno en el ámbito educativo. Aunque el sistema educativo uniformice, el entorno familiar cuenta, mucho más de lo que se cree, de hecho son los actores más influyentes en el desarrollo educativo de los niños. Variables como el nivel de formación de los padres, su ocupación profesional, el número de libros en el hogar o los recursos domésticos favorables al estudio determinan el éxito escolar en mayor medida que otros aspectos como el tipo de centro educativo, la repetición de curso o el lugar  donde se viva.

Un ejemplo: en España el 73% de los hijos de universitarios que nacieron en la década de los setenta han estudiado una carrera, mientras que tan sólo lo ha hecho el 20% de aquellos cuyos padres no eran universitarios. La proporción de jóvenes que entre los 18 y 24 años no tienen titulación secundaria post-obligatoria es 11 veces mayor en los hogares en que la madre tiene estudios primarios que en los hogares donde la madre tiene estudios superiores. Si contrastamos estos datos con los datos proporcionados en las pruebas PISA tenemos que un alumno cuyos padres no hayan pasado de los estudios de Primaria sacó en las pruebas una media de 407 puntos. Otro alumno con padres que hayan accedido a estudios superiores sacó de media 504 puntos. Cien más. Los alumnos con padres que hayan cursado la ESO o similar se quedaron en 455 puntos, y los que tengan padres con estudios secundarios posobligatorios (Bachillerato y FP), lograron 479. Las estadísticas lo dejan claro: el grado de formación y estudios de padre y madre influyen en los conocimientos que tienen sus hijos cuando llegan a los 15 años (la edad en la que PISA hace el chequeo).

 
Otro dato que la OCDE tiene en cuenta es el número de libros que hay en cada hogar. El nivel mínimo es de 0 a 10 volúmenes, y el nivel máximo se alcanza a partir de los 500 libros. La puntuación media del alumno con nivel mínimo de libros en el hogar llega a los 402 puntos, y la de los alumnos con nivel máximo se cifró en los 526. Nada menos que 124 puntos de diferencia, lo que la OCDE calcula como «casi dos niveles de rendimiento».
Y parece que la influencia del nivel formativo de nuestros padres no sólo tiene su reflejo a nivel de logros académicos. Existen estudios que sugieren que los hijos de madres que únicamente tienen estudios primarios o inferiores obtienen puntuaciones considerablemente inferiores al promedio de la población en tests de inteligencia como el de Raven.
Otro trabajo realizado por sociólogos de las Universidades de Michigan y Wisconsin, en Estados Unidos, indica que crecer en barrios marginales reduce considerablemente las posibilidades de los niños de graduarse en un instituto y condiciona negativamente a los niños. En comparación con una infancia en un barrio de clase alta, el crecimiento en vecindarios con altos niveles de pobreza y de desempleo reduce las posibilidades de graduarse en Secundaria entre un 75 y un 95%. Los resultados demuestran la incidencia de crecer en barrios marginales durante la infancia, y encajan con otros estudios que sugieren que la residencia en los barrios desfavorecidos pueden tener un efecto negativo en el desarrollo cognitivo de los niños durante muchos años e incluso durante generaciones posteriores.
 
Pobreza, desigualdad y familia
Abordando el tema de la influencia familiar en el desarrollo futuro de los niños, es necesario mencionar los trabajos del premio Nobel de Economía James Heckman acerca del desarrollo del niño a una temprana edad en todas sus facetas, cognitivas, sociales y emocionales. Su trabajo nos recuerda que si los niños empiezan con recursos muy diferentes desde muy pequeños, se traducirá en adultos con capacidades y opciones de elección muy dispares y, en consecuencia, en un incremento de la desigualdad económica y social.
 
Sus investigaciones muestran que la familia juega un papel muy importante en los orígenes de la pobreza, y que la desigualdad tiene un enorme componente familiar. El entorno del niño es muy importante para su desarrollo, pero hemos de hacer una distinción entre la calidad de la crianza y el nivel económico. La gente puede ser rica pero proporcionar a los niños un ambiente pobre. Hay niños de entornos pobres con muy buena crianza de los padres, y a la inversa. Lo importante es una buena crianza, no el nivel económico.

Es posible establecer una relación entre un adecuado desarrollo individual durante los primeros años de vida y una mejor capacidad intelectual. El entorno social y familiar se vuelve relevante ya que influye de manera directa y significativa en el desarrollo del individuo sobre su adolescencia y más tarde en su etapa adulta. Un momento crítico es desde el nacimiento hasta los 5 años, cuando el cerebro se desarrolla rápidamente para construir las habilidades necesarias en el carácter para conseguir el éxito en la escuela, la carrera y la vida. Las brechas de desarrollo entre niños de diferente status socioeconómico, emergen durante los primeros años de vida y persisten en el largo plazo, de manera que cualquier compensación posterior se vuelve muy costosa e ineficiente. Ambientes adversos prematuros generan déficit de habilidades y incrementan los costos sociales.

Los datos muestran que una de las estrategias más eficaces para el crecimiento económico consiste en prestar mayor atención al desarrollo de los niños en situación de riesgo y exclusión social. Los costos a corto plazo son más que compensados por los beneficios inmediatos y a largo plazo mediante la reducción en la necesidad de educación especial y rehabilitación, mejores resultados de salud, la reducción de la necesidad de servicios sociales, menores costos de la justicia penal y el aumento de la autosuficiencia y la productividad de las familias.

Yo soy yo y mis circunstancias

Con esta famosa frase, José Ortega y Gasset quiso dar a entender que no se puede entender la vida prescindiendo de las circunstancias en las que está implantada, no puede entenderse la vida de un individuo prescindiendo de las circunstancias en las que vive.

Igualmente Abraham Lincoln decía que “todos somos hijos de las condiciones, el ambiente, de la educación, los hábitos adquiridos y la herencia, lo cual moldea a los hombres. Si la vida hubiese sido para nosotros igual que para nuestros enemigos, muy probablemente haríamos lo mismo que ellos“.

 
Todos estamos construidos a partir de un patrón genético, y como hemos observado en esta entrada a través de algunos ejemplos de los muchos que se podrían haber empleado, luego nacemos en un mundo repleto de circunstancias que generalmente no podemos controlar en nuestros años principales de formación. La persona en que nos convertimos es una mezcla de determinación genética e influencia del entorno y esas complejas interacciones de nuestros genes y el mundo en el que nos desarrollamos provocan que las personas acabemos teniendo finalmente perspectivas distintas, personalidades distintas, y distinta capacidad para tomar decisiones. 

 

(Fuente:  http://jesusgonzalezfonseca.blogspot.com/2011/10/yo-soy-yo-y-mi-circunstancia-somos-tan.html?showComment=1364054067756#c7577865769696435137 y selección de Alcaino Cortez)
 
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